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Las humanidades, necesarias para desarrollar una cultura democrática en el país

En plena revolución tecnológica, las disciplinas humanísticas son clave para remediar dos déficits argentinos, la incapacidad de proyectar el futuro y de alcanzar una democracia plena.



Ivan Petrella*, para La Nación


LA NACIÓN, 4 de junio de 2023.- ¿Quiénes somos? ¿Quiénes queremos ser? Estas son las dos preguntas centrales de las humanidades. Gracias al impacto del cambio tecnológico en la organización de la sociedad y en la comprensión misma de nuestra humanidad, han recobrado vigencia como parte de la agenda de debates en el mundo desarrollado. En nuestro país, en cambio, son muchas veces relegadas por una actualidad política, económica y social que no deja resquicio para discusiones esenciales de largo plazo. Sin embargo, temas como el cambio tecnológico, la inteligencia artificial o la edición génica, que en el mundo son absolutamente coyunturales, están ganando espacio en la agenda pública de nuestro país y en ámbitos académicos, en especial desde la perspectiva de las humanidades. Bienvenido sea. Las preguntas sobre quiénes somos y quiénes queremos ser no pueden prescindir hoy del impacto de la revolución tecnológica.


Al mismo tiempo, en la Argentina las humanidades y sus interpelaciones también deberían cumplir un rol esencial en cuestiones que nos atañen particularmente. Sugiero que son necesarias para remediar dos déficits que nos ayudarán a pensar y barajar mejor los cambios que se están dando en el mundo: la incapacidad de proyectar el futuro y la incapacidad de profundizar la democracia.


La incapacidad de proyectar el futuro


En una entrevista, el historiador Roy Hora remarcaba que “en la Argentina, la política le asigna un lugar muy importante a la narración del pasado, mayor al que se observa en otras sociedades”. Tiene razón: nuestras discusiones sobre el presente se abren hacia el pasado, que sigue siendo parte viva del presente. Pero rara vez abrimos el horizonte de discusión hacia el futuro. El remedio es ampliar hacia adelante lo que entendemos por coyuntura. Tomemos, para ilustrarlo, un gobierno: se puede invertir enorme presupuesto y esfuerzo en pavimentar calles, renovar aeropuertos, conectar redes de gas y cloacas, ampliar la banda ancha, etc. Todo esto es importante y necesario. No obstante, sería ponerse al día con el siglo XX; hacer lo que otros países hicieron décadas atrás. Por eso, para salir del atraso, hace falta unir y encarar al mismo tiempo las deudas pendientes del pasado y la agenda presente del siglo XXI. Hay que ampliar lo que entendemos por coyuntura, pero esta vez hacia el futuro.


Esto llevaría a plantear debates nuevos. La pregunta marco más habitual como disparadora de la discusión en nuestra coyuntura política, económica y social es la siguiente: “¿Cuánto de la vida personal y en sociedad debe ser manejada por el Estado y cuánto por el mercado?”. Esta pregunta es del siglo pasado; es un tema prácticamente resuelto, con matices apenas, en casi todo el mundo. La pregunta disparadora más importante del siglo XXI es esta otra: “¿Cuánto de la vida personal y en sociedad debe ser manejado por algoritmos y bajo qué condiciones?”. Los artífices del plan nacional de inteligencia artificial de Francia y del Stanford Center for Human-Centered Artificial Intelligence, entre otros, están convencidos de que una respuesta adecuada a esta pregunta requiere de la contribución de las humanidades. Pero es una pregunta prácticamente ausente del debate intelectual y político actual en la Argentina.


"Los trabajos del futuro exigirán habilidades cognitivas de orden superior"

Hacerse estas preguntas también llevaría a incorporar planteos nuevos a debates ya presentes. Tomemos como ejemplo la educación. Antes de la pandemia, la discusión se centraba en el sueldo docente y la evaluación educativa. Otra discusión, algo más avanzada, tiene que ver con la sobreabundancia de graduados en psicología y derecho y la escasez en carreras como ingeniería, física, software y otras del campo de las ciencias duras y la tecnología. Esta última discusión viene de la mano de la realidad de que carreras técnicas como la programación tienen buena salida laboral. Claramente, son temas importantes en nuestro país. Sin embargo, a nivel global son discusiones que atrasan. Ahí ya se entiende que el impacto que la tecnología tendrá en el ámbito laboral no se divide entre carreras duras y blandas sino entre las tareas y modos de pensar que son automatizables y los que no. Entre las primeras, por ejemplo, está la programación, tan de moda hoy.


Para Kai Fu Lee, primer presidente de Google China y el principal referente en inteligencia artificial de ese país, los trabajos del futuro no son principalmente los técnicos que nos imaginamos. Muchos de ellos eventualmente también los harán algoritmos. En cambio, hay que buscar el futuro laboral en rubros como el cuidado, la enseñanza, el trabajo social, donde son necesarias cualidades como la empatía, que una máquina jamás podrá tener. De allí surge la necesidad de disciplinas humanísticas como la literatura, las religiones comparadas y la historia, que ayudan a entender a otros y a humanizar y acercar lo extraño, y convertir a algunos “ellos” en parte de un “nosotros.”


En su libro Robot-Proof: Higher Education in the Age of Artificial Intelligence, Joseph Aoun, presidente de la Universidad de Northeastern en Boston, parte de una convicción: “La llegada de las máquinas brillantes disipa de forma concluyente la noción de que una carrera remunerada se basa en el estudio de una materia aplicada, ‘práctica’ [...] En cambio, los trabajos del futuro exigirán las capacidades y habilidades cognitivas de orden superior que a menudo se asocian con una educación en liberal arts”. Lo que se va a necesitar cada vez más es el pensamiento de las humanidades acompañado de los elementos tecnológicos de este siglo.


Para él, hay tres tipos de alfabetizaciones (literacies) que toda persona necesita adquirir. El primero es tecnológico: conocimiento de matemática, código y programación y conceptos básicos de la ingeniería. El segundo tipo es la alfabetización digital. Como estamos –y vamos a estar cada vez más– inundados en datos, necesitamos adquirir la capacidad de entender, analizar y usar big data. De lo contrario, jamás podremos extraer conocimiento del aluvión de información que recibimos ni saber cuándo no sirve. Finalmente, el tercer tipo y el “más importante” es la alfabetización humana, ya que “incluso en la era de los robots (o quizás, especialmente en la era de los robots) lo que importa son las personas”.

Este elemento abarca las humanidades y las artes, disciplinas que nos enseñan agilidad cultural, la habilidad de relacionarnos con personas de una multitud de creencias y vivencias. Pero, además, y esto es lo clave, las humanidades tienen la llave para abrir la ventaja comparativa que tenemos los seres humanos con relación a los algoritmos (far transfer). Far transfer es la capacidad de relacionar áreas y temas que las máquinas solo pueden analizar individualmente; cuando, por ejemplo, ideas y conceptos aprendidos en una clase sobre poesía de la restauración inglesa son usados para crear una campaña de relaciones públicas para una empresa de marketing. Semejante habilidad no surge de una educación técnica o de índole profesional, ya que necesita de una visión panorámica que permita asociar creativamente elementos que parecen desconectados. Allí es donde el ser humano es superior a la máquina y se vuelve a prueba de robots.


La incapacidad de profundizar la democracia


En Estados Unidos, la mayoría de los alumnos estadounidenses que quieren ingresar a alguna universidad deben tomar el examen SAT, además de cursos avanzados en la secundaria que sirven para cumplir requisitos universitarios. Estos cursos y el SAT son diseñados y administrados por el College Board, una organización sin fines de lucro compuesta por más de 6000 universidades y otras organizaciones educativas. Por consiguiente, tiene una gran influencia en cómo y qué se enseña en los colegios de Estados Unidos. A mediados de la década de 2010, antes de rediseñar sus cursos e incluso el SAT, el College Board empezó un proceso de reflexión sobre cuáles son los saberes indispensables que un joven necesita para manejarse en el siglo XXI. ¿Su conclusión? Código y Constitución. En otras palabras, las herramientas digitales y el funcionamiento de la democracia, tecnología y ciudadanía.


Habiendo ya hablado de tecnología, enfocamos ahora la reflexión en las cuestiones de ciudadanía. En la discusión pública argentina nos contentamos con haber “consolidado la democracia en paz”, como si a cuarenta años del fin de la dictadura nos debamos conformar con la ausencia de golpes militares. La vara no puede ser tan baja, y esto es un problema por al menos dos razones. En primer lugar, porque en el siglo XXI las democracias casi nunca caen por golpes de Estado, con tanques en la calle. Nuevamente, nuestro pensamiento atrasa. En las últimas décadas, las democracias mueren cuando son electos políticos que una vez en el poder presionan a jueces y periodistas, compran la Justicia, liman la división de poderes, limitan la libertad de prensa, arman y fomentan una retórica y dinámica de amigo/enemigo, pueblo/enemigo del pueblo, etc. Todo esto debilita los anticuerpos institucionales y culturales que necesita el sistema democrático para mantenerse como tal y evitar convertirse en una autocracia o en un régimen mixto.


"La democracia es una serie de valores, actitudes y conductas sin las cuales las instituciones no funcionan"

Esta mirada, en segundo lugar, es un problema porque impide ser más ambiciosos y bloquea la discusión pendiente sobre el siguiente paso: ¿cómo profundizamos nuestra democracia? Y ¿cómo logramos que el proceso político democrático tenga mejores resultados en términos de políticas públicas que logren impulsar el desarrollo inclusivo y sostenible? Pensar e implementar la respuesta requiere de las humanidades.


En Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, Martha Nussbaum se queja del énfasis actual en educar en vistas exclusivas al empleo, a expensas de las humanidades. “Las naciones de todo el mundo pronto estarán produciendo generaciones de máquinas útiles, en lugar de ciudadanos completos que puedan pensar por sí mismos, criticar la tradición y comprender el significado de los sufrimientos y logros de otra persona”, afirma. Sin esto, dice, la democracia corre peligro.


Nussbaum y otros pensadores se anclan en una idea ausente en la conceptualización argentina de la democracia y que hay que poner en primer plano: “la cultura democrática”. Profundizar la democracia significa entender que no consiste solamente de una serie de instituciones. Es, también, una serie de valores, actitudes y conductas sin las cuales las instituciones no funcionan. De entenderlo, seríamos mucho menos tolerantes con muchas actitudes políticas y ciudadanas. Más aun, no se nace con cultura democrática; es algo que se aprende. Una educación democrática adecuada incluye, para Nussbaum, la capacidad de autocrítica y de sustraerse lo suficiente como para obtener una mirada crítica sobre tradiciones heredadas. También requiere la aptitud para verse como parte de una nación heterogénea, con grupos e historias diversas. Finalmente, el buen ciudadano posee “imaginación narrativa”, la habilidad de imaginarse en los zapatos de otro. Para ella, la democracia no puede sobrevivir sin el apoyo de ciudadanos con estas cualidades que surgen de una educación de contenido humanístico. Cabe notar que Nussbaum no minimiza la importancia del empleo y del desarrollo económico. Según ella, el ciudadano formado en cultura democrática es también aquel que va a ser un miembro productivo de la sociedad. La dicotomía empleo y economía vs. humanidades es, en su opinión, falsa.


Vale la pena detenerse en el concepto de “imaginación narrativa” porque en conjunción con otras ideas surge una explicación para nuestro atraso y fracaso económico. En primer lugar, como resalta Harari en Homo Deus. Breve historia del mañana, la gran ventaja comparativa del ser humano sobre otras especies –el superpoder que nos erigió como el animal dominante– es la capacidad de generar ficciones como el nacionalismo o el dinero, que facilitan la cooperación entre grupos enormes. Dicho de manera más simple: el león coopera solamente con su manada, nuestra imaginación narrativa fomenta la colaboración entre millones de personas. Bajando al campo de la economía, el economista Ricardo Hausmann argumenta que “el sentido de nosotros” es central al desarrollo. No es otra cosa que sentir que estamos todos en el mismo barco, que navegamos o nos hundimos juntos. Es una narración, una ficción, que permite generar los consensos y dirimir los sacrificios requeridos para avanzar colectivamente.


En la Argentina no parece haber imaginaciones narrativas suficientemente compartidas sobre cuestiones básicas, empezando por los valores, actitudes y conductas democráticas y por la ya mencionada permanencia de la discusión en torno a los papeles relativos del Estado y del mercado. Esta debilidad de nuestra cultura democrática limita el horizonte de nuestra democracia a la mera supervivencia, y tiene que incluirse como parte de la explicación de los resultados de nuestras instituciones en términos de políticas públicas y desarrollo.


Los datos son claros respecto de los resultados de nuestra democracia. Si en el período 1983-2015 inclusive hubiéramos crecido como Chile, al fin de esa etapa habríamos tenido el PBI per cápita en dólares constantes de Finlandia, uno de los países más desarrollados del mundo. Si hubiéramos crecido como Uruguay, tendríamos un nivel de desarrollo como el de España. Nuestros vecinos no gozan de la productividad ni de la competitividad de Corea del Sur, Singapur o Alemania. Lo que los diferencia es que han logrado un sentido de “nosotros”, anclado en los valores de la cultura democrática, que conduce al desarrollo. Sin un sentido de nosotros, sin respuestas compartidas a las preguntas con las cuales empezamos este trabajo –¿quiénes somos?, ¿quiénes queremos ser?– no es posible progresar. Esta es una tarea urgente para la Argentina y es cada vez más un problema para otros países también. No por nada los grandes pensadores de la democracia estadounidense la describen como un “experimento”, algo que hay que cuidar, que puede fracasar, cuyos resultados son inciertos y se revelan en el futuro. En un mundo de tribus y trolls la cultura democrática se volvió aún más frágil. Y las humanidades pueden y deben jugar un papel central para dotarla de fortaleza y flexibilidad.


* El autor es director de cultura, humanidades e industrias creativas en la Fundación Bunge y Born.

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